viernes, octubre 15, 2021

California: el granero de EEUU se seca

California se enfrenta a una emergencia climática histórica. Desde 1977 no se vivía una sequía tan devastadora como la que ahora golpea al Estado más poblado de Estados Unidos.

Sin apenas haberse repuesto de las altas temperaturas y los incendios forestales que a finales de junio dejaron medio millar de muertos en Norteamérica, otra ola de calor récord anunciada para este fin de semana amenaza con desatar nuevos fuegos mientras los embalses y ríos se vacían cada día y ya se encuentran en niveles peligrosamente bajos para el suministro de agua potable, la agricultura y la pesca.

La alarmante situación llevó la noche del jueves al gobernador, el demócrata Gavin Newson, a decretar el estado de emergencia en otros nueve condados, con lo cual la máxima alerta afecta ya a 50 de las 58 regiones de California. Pero no fue el único mensaje. También pidió a los 40 millones de habitantes del Estado que racionen el consumo de agua en al menos un 15% «no solo en las viviendas, sino también en las operaciones comerciales industriales y agrícolas» mientras el Estado construye «un sistema de aguas más resiliente que salvaguarde el futuro».

Amenaza para los cultivos en hilera

Otro efecto lo verán los cultivos en hilera de California, como los melones o los tomates. «He oído hablar de muchos escenarios este año, de terrenos en barbecho que se reservan para los cultivos en hilera o de arrancar las fincas existentes», señala. «Pero los agricultores van a intentar mantener sus cultivos permanentes, ya sean almendras, pistachos, uvas para vino y de mesa y otros que están en el suelo desde hace varios años».

Si hubiera un rincón en Estados Unidos cercano al paraíso, a ese primoroso vergel que describieron los autores de la Biblia, uno tendría que mirar a los valles californianos. Unos parajes envidiados por su belleza y porque en ellos se puede cultivar casi cualquier cosa, desde brécol a vides, pistachos, trigo, naranjas o fresas.  El escenario de ríos serpenteantes y colinas alfombradas de flores que rapsodió John Steinbeck en su novela titulada, precisamente, Al Este del Edén.

El halo encantador de esta región va mucho más allá de los colores y de la literatura; también lo justifican las más frías estadísticas económicas. Solo el Valle de Salinas, por mencionar el lugar en el que nació el propio Steinbeck, produce el 80% de la lechuga de Estados Unidos. Se le llama el “bol de ensalada del mundo”, también, porque allí se empezó a comer la ensalada en cuencos, en los trenes, para que no se desparramara por la mesa. No muy lejos de Salinas, el Valle Central, el más grande de todos, aporta dos tercios de las frutas y los frutos secos nacionales. Comprendido entre las cordilleras costeras y la Sierra Nevada, esta superficie del tamaño de Aragón concentra el 17% de las tierras de regadío estadounidenses.

Sin embargo, hace unos 10 años que partes de las zonas agrícolas de California están bajo presión. La sequía amenaza a los agricultores y algunas granjas ya no son lo que eran; sus cosechas han disminuido y los melocotones de algunos cultivos, antaño perfectos y lustrosos, vienen al mundo tristes y escuchimizados. Y no está previsto que la disponibilidad del agua aumente en los tiempos venideros.

Cosecha de uva estropeada por la sequía en California.

“Esta sequía es diferente”, explica a El Ágora Josué Medellín-Azuara, profesor asociado de ingeniería medioambiental en la Universidad de California Merced y socio del Public Policy Institute of California. “Las áreas que eran húmedas en el pasado ahora están secas, como las regiones que tienen más precipitaciones en el norte de California”. Medellín-Azuara añade que las reservas de nieve de Sierra Nevada, de donde proviene el 30% del suministro hídrico del estado, también se han fundido parcialmente antes de lo esperado este año.

Está siendo un periodo difícil, pero la mayoría de los granjeros han podido capear el temporal gracias a una de las particularidades de California: el único estado que, hasta hace muy poco, no regulaba la extracción de aguas subterráneas. Y es ahí adonde han estado acudiendo muchos agricultores para compensar la escasez de aguas superficiales de la últimos década.

El problema, naturalmente, es que el agua subterránea tampoco es infinita, y en algunas zonas se ha chupado tanto de los pozos que esta se ha agotado. Hay casos en los que la tierra, totalmente seca, se ha hundido, lo cual puede imposibilitar que esos acuíferos ocultos se regeneren y puedan aprovecharse de nuevo en el futuro. Por eso el estado aprobó en 2014 la Ley de Gestión de Aguas Subterráneas Sostenibles, conocida como Ley Sgma, para regular esta exploración y cerciorarse de que las reservas se puedan recomponer de cara a 2040.

Pero se trata de una ley, como explica Josué Medellín-Azuara, de aplicación lenta y descentralizada. “Las agencias de sostenibilidad tienen tiempo para implementar algunas de las exigencias de gestión y de emprender otras acciones para lidiar con las reducciones del bombeo de aguas subterráneas”, explica. “Se estima que entre 550.000 y 650.000 acres de tierra van a tener que salir de la producción en el Valle de San Joaquin. Lo que pasará este año es que habrá más vigilancia del bombeo”.

Los granjeros padecen estas vicisitudes ambientales, pero son también su causa. La agricultura de California consume en torno al 40% del uso total de agua del estado. Si quitamos los proyectos de conservación ecológica y miramos únicamente al uso humano de agua, la agricultura se lleva el 80%. Regar esos 9 millones de acres de tierra cultivada consume cuatro veces más que los núcleos urbanos del estado más rico y populoso del país; una franja en la que viven casi 40 millones de personas.

No solo se planta mucho, para satisfacer esa feroz demanda nacional de frutas y hortalizas, sino que se plantan especies particularmente sedientas, como la almendra. La producción de almendras se ha triplicado en los últimos 20 años. Cultivar un kilo de almendras requiere unos 12.000 litros de agua, más o menos igual que otros frutos secos. La razón por la que los granjeros se han lanzado a por este cultivo es muy simple: la rentabilidad. La demanda de almendras ha crecido tanto que, entre 2010 y 2017, la libra pasó de costar 2 a 6 dólares.

Según el profesor Medellín-Azuara, más que la cantidad de agua que requieren las almendras, el factor clave es el hecho de que se trata de cultivos permanentes: aquellos que se plantan cada año y que requieren un cuidado continuo. “Tienes que regarlos. Si hay una sequía y tienes miles de acres de almendras, y no pones agua en ellas, se mueren”, explica. “Y eso le quita flexibilidad al sistema”.

El otro factor costoso es la ganadería vacuna, a la que se dedica un 25% de la tierra cultivable. Las vacas comen trigo y alfalfa que se tienen que plantar y regar, y ahí está el otro elemento de rigidez. Deshacerse de miles de cabezas de ganado porque venga un año malo no es tan factible, así que el consumo de agua se mantiene, llueva o no, o sea cual sea la abundancia de los pozos aledaños.

En esta lucha por irrigar convenientemente para mantener en pie la operación, las granjas pequeñas lo suelen tener más difícil que las grandes. Las corporaciones agrícolas suelen disponer de mejor tecnología para sacar el agua más profunda. “Los granjeros más grandes estaban perforando unos pozos enormes que era una locura, y a menudo las granjas cercanas se estaban secando”, dijo a The Guardian Dave Runsten, director de políticas de la California Alliance for Farmers. “En una situación así, la gente con las pajitas más pequeñas pierde”.

El uso excesivo de recursos hídricos en los valles californianos está dejando un impacto cada vez más notable. Dado que casi la mitad del agua del estado está contenida en el Delta de la Bahía, su extracción desmedida ha cambiado el equilibrio entre agua dulce y agua salada, lo cual ha degradado el ecosistema y atraído especies invasoras. El aumento del nivel del mar también contribuye a este proceso. El pez erpelano, por ejemplo, ha pasado a ser considerado una especie protegida, en parte por el estrés impuesto al ecosistema.

Mientras tanto, el gobernador del estado, el demócrata Gavin Newsom, ha declarado el estado de emergencia en 50 de los 52 condados californianos, debido a la sequía, y ha pedido a las empresas y a los conciudadanos que reduzcan un 15% el consumo de agua. Una medida que, de momento, es voluntaria. Los condados más poblados, donde están Los Ángeles, San Francisco y San Diego, no fueron incluidos en el estado de emergencia. La semana pasada, según el servicio de observación de sequías de EEUU, el 100% de California estaba en medio de una.

“Esos son los efectos del cambio climático. Está aquí y está provocado por los humanos”, reiteró el gobernador Newsom, de visita en San Luis Obispo. “Creo que en el estado de California hemos dejado atrás el debate y ahora nos movemos para buscar una solución”.

El vergel de Estados Unidos padece así otro año seco, donde los granjeros hacen sus cálculos y los habitantes temen una nueva, devastadora, temporada de incendios. Con 18.000 kilómetros cuadrados quemados el año pasado y cantidades similares los anteriores, la Costa Oeste se está llevando una parte importante del zarpazo del cambio climático en Norteamérica.

Vía: https://www.elagoradiario.com/

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