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El progresismo urbano que juzga al campo

El delegado papal Juan Grabois trata de parásitos a quienes ya le dan al Estado el 70% de la soja que producen para pagar la mensualidad de sus piqueteros.

El periodista Ernesto Tenembaum presiona a un productor cordobés para que le diga cuánto factura y facturó, como si ganar dinero fuera un pecado y justificara una confiscación, pero, eso sí, se niega a decir cuánto factura él cuando el productor lo apura.

Son apenas dos ejemplos. Las redes sociales supuran esa mezcla de ignorancia y resentimiento de muchos progresistas autopercibidos.

Es lo que ya se vio en 2008. En este país el orden natural de las cosas es que el empresariado agroindustrial sea para siempre una masa de chacareros (o campesinos, como les llaman incluso algunos alucinados de Recoleta con sueldos de ñoqui). Deben ser chacareros de los años ’30, siempre polvorientos, con azada en mano y de ordeñe manual. Por más que esos empresarios tengan millones de dólares invertidos en tierras y máquinas (que rinden mucho menos de lo que rendirían en inversiones financieras) o aunque arriesguen fortunas en cada campaña.

Ese es el orden natural de las cosas que defiende el progresismo paquete. Para ellos, la misión de esos chacareros por siempre pobres y sumisos es llevar hasta las murallas del conurbano medieval los huevos, los tomates y el churrasco del día, bien baratos. Para que, dentro de la cultura urbana, con la alimentación ya resuelta, todos puedan dedicarse a tomar mate y ver Netflix.

Por eso les pican tanto algunos símbolos. Entre los preferidos, está la famosa 4×4. Al progre autopercibido no le llama la atención que el director de un banco, el gerente de una industria, el subsecretario de algo, suba su familia perfecta una vez al año a la 4×4 y ponga a rumbo a los lagos del sur. Pero ese mismo progre sólo puede ver un oligarca cuando un productor se sube a una 4×4, incluso si le explican que el campo está condenado a patinar en el barro o en el guadal pese a los 100 mil millones de dólares que pagó en retenciones desde 2003 sin que se asfaltara un solo kilómetro de caminos rurales en 17 años.

Ni hablar si se entera de que el chacarero osó viajar a Europa (como hace la mitad de los empleados públicos) o comprarse un departamento en la ciudad como producto de su ahorro.

Ese es el orden natural de las cosas de nuestro progresismo reaccionario: un país de chacareros pobres e ignorantes, que sobrevivan en el interior desolado y alimenten gratis y sin chistar los delirios de grandeza de urbanitas que se creen anticapitalistas (o poscapitalistas si son más cool) pero que son apenas nostálgicos de la Edad Media.

Vía: Cadena3

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