InicioInnovaciónProducir más con menos gente: Los robot ordeñadores pisan fuerte el campo

Producir más con menos gente: Los robot ordeñadores pisan fuerte el campo

La aplicación de robótica en tambos lecheros tiene más de veinte años de historia en el mundo. En la actualidad, hay más de 40.000 robots instalados en más de 25.000 establecimientos lecheros, capaces de realizar más de cinco millones de ordeños diarios en más de dos millones de vacas.

Al leer el titulo de la nota se podía imaginar algo así. El robot que acerca el forraje se suma a otro que hace un trabajo aún más delicado: ordeña sin asistencia de ninguna persona. La vaca entra en una pequeña cuadra donde un brazo neumático maniobra en movimientos rectilíneos hasta acoplar en las ubres las pezoneras, los tubos de plástico que se usan para extraer la leche. Cuando termina, el apéndice robótico se retira con un siseo industrial y está listo para que entre la siguiente. ¿Increíble, verdad?.

Por robots de ordeño se entiende específicamente a los sistemas automáticos de ordeño (AMS, por sus siglas en inglés) que se caracterizan por dos puntos principales: por un lado, se trata de sistemas totalmente automáticos y, por otro, son voluntarios.

En un sistema convencional, sin robots, las vacas pastorean en el campo o descansan en los galpones, y dos o tres veces por día son arriadas todas juntas hacia el tambo, en donde se les extrae la leche por medio de unidades de ordeño que actúan por vacío previamente colocadas en las ubres por un operario de acuerdo a una rutina de ordeño estipulada que dicta, por ejemplo, higienizar la ubre para que la suciedad del campo no pase a la leche. 

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Despoblando al campo

La principal actividad campestre que, en nuestra zona, continúa demandando población rural, es la lechera. Aunque cerraron muchísimos tambos, varios aun sobreviven. En la era de los robots, ¿podría llegarles a ellos también el fin?

¿Sería deseable la despoblación del campo? El urbanismo suele considerarse sinónimo de progreso. Resultaría más sencillo abastecer de servicios a muchos en una ciudad, que a unos pocos en los campos. Pero, la calidad de vida en la ciudad de los antiguos moradores del campo, no es siempre mejor. La pérdida de las tradiciones rurales, podría afectar la esencia de nuestra cultura, y la ausencia de habitantes en el campo podría facilitar, por falta de observadores, el aumento del abigeato, el robo de granos, o el vandalismo sobre silobolsas. 

El modo en que la robótica en los tambos sería introducida en San Jerónimo Norte, al concentrar la producción de seis tambos tradicionales en la ciudad, sugiere que será otro factor que desfavorece los asentamientos rurales.

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El suscripto ya opinó que el proyecto es un sinsentido urbanístico, ecológico, energético, y como supuesto remedio para morigerar el impacto de las inundaciones. Pero, no menos importante, es que tergiversa el sentido de una tecnología con la que los tambos pequeños podrían alcanzar la eficiencia de los grandes. 

El informe compara ambos tipos de maquinarias en tambos de 30 a 270 vacas. Para ello fijó los siguientes parámetros:

-los robots cuestan casi 3 veces más que las ordeñadoras tradicionales más avanzadas.

-la vida útil de las ordeñadoras tradicionales es de 10 años, mientras que la de los robots sería de 7.

-sin fosas para personal, menos bretes, etc., las instalaciones para los robots son más baratas.

-para todos los tamaños de tambos se consideró que tenían el mismo tipo de suelo y clima, y todas las vacas de la misma calidad genética.

El informe concluyó que los robots en este momento no ofrecen un beneficio económico en la mayoría de los tambos. Mejoran la competitividad entre un 5 y un 10% sólo en los tambos de 50 a 120 vacas, cuando con las ordeñadoras tradicionales se realizaban sólo dos ordeñes diarios. El costo de un robot no podría ser amortizado por los tambos de menos de 50 vacas, y en los tambos de más de 120 vacas, son más rentables las ordeñadoras tradicionales utilizadas 3 veces al día, ya que en ellos la mano de obra que reemplazarían los robots, tiene muy poca incidencia en el costo de la leche producida. 

El principal beneficio que los robots podrían arrojar no sería económico sino en calidad de vida, ya que permitirían que el operario del tambo trabaje menos horas, pero no se podría prescindir de él. 

Si se supone necesario que los tambos con robots mantengan operativas ordeñadoras comunes, como reserva en caso que los primeros fallen y atento la complejidad de su reparación, nuevamente sólo sería viable en tambos de 50 a 120 vacas. Mantener ociosa, sólo como reserva, la infraestructura tradicional necesaria para operar tambos más grandes, tendría costos prohibitivos.

El óptimo de trabajo para cada robot, rondaría las 18 horas diarias, ya que se necesitan 4 horas para tareas de limpieza y mantenimiento, e intervalos de al menos 2 minutos entre el ordeñe de una y otra vaca. Es fundamental que los robots se adecúen bien al tamaño del rebaño. Si se los subutiliza, no se los podrá amortizar. En caso que no alcancen a completar todos los ordeñes que las vacas desean, el productor pierde rendimiento por animal. En la lucha por llegar al robot entre varias vacas que lo requieren, se impondrán las vacas más grandes. Es decir que, aunque normalmente se supone que el robot le da menos estrés a la vaca, porque decidiría ella y no el hombre cuando desea ser ordeñada, las vacas más pequeñas del rebaño podrían sufrir el estrés de que podrían acceder al robot sólo a la noche, cuando las vacas grandes duermen y entonces les permiten llegar. Los tambos de más de 120 vacas no podrían ser bien monitoreados para lograr ese óptimo de vacas por robot.

Como conclusión, procurar una mayor escala de producción para obtener eficiencia con el uso de robots, como se plantea en San Jerónimo, no tendría sentido.

Los robots, con el confort que brindan, habrían llegado para humanizar la vida rural, no para eliminarla. Armar un tambo Frankenstein, con las mejores partes de seis tambos tradicionales, y emplazarlo en las puertas de la ciudad entrando desde Humboldt, para así embriagarnos con 24.000 toneladas al año de efluentes con estiércol y orina, podría ser, además de una película de terror, un grueso error económico de quienes lo proponen.

* Diplomático, prestó servicios en España, Irán, Alemania, Turquía y Suiza. En el último destino gestionó el hermanamiento entre Brig y San Jerónimo Norte

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