La sequía ha sido uno de los fenómenos climáticos más determinantes para la producción agropecuaria argentina en las últimas décadas.
En distintas oportunidades, extensos períodos con lluvias muy por debajo de lo normal afectaron a gran parte del territorio nacional, provocando importantes pérdidas económicas, una fuerte caída en los rendimientos de los cultivos y serias dificultades para el manejo de los sistemas productivos.
En los últimos años, la situación se agravó como consecuencia de la combinación de diversos factores climáticos, entre ellos la persistencia del fenómeno La Niña, que favoreció varias campañas consecutivas con precipitaciones deficitarias sobre amplias zonas del país. Las regiones más afectadas fueron el área pampeana y el Litoral, donde la escasez de lluvias redujo considerablemente la humedad de los suelos y limitó el desarrollo de los principales cultivos.
El clima, un factor clave para la agricultura
La disponibilidad de agua es uno de los pilares fundamentales para alcanzar altos rendimientos agrícolas. Cuando las precipitaciones disminuyen durante períodos prolongados, los cultivos enfrentan estrés hídrico, reducen su crecimiento y disminuyen significativamente su productividad.
La falta de lluvias registrada durante varias campañas consecutivas provocó un marcado deterioro de las reservas de humedad del suelo, afectando tanto a los cultivos de invierno como a los de verano y comprometiendo la sustentabilidad de numerosas explotaciones agropecuarias.
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La sequía de 2020 dejó fuertes pérdidas
Uno de los episodios más significativos ocurrió durante la campaña 2020, cuando la sequía impactó con fuerza sobre gran parte de la Región Pampeana.
Los rendimientos del trigo reflejaron claramente la magnitud del déficit hídrico. En Córdoba el promedio fue de apenas 15 quintales por hectárea, mientras que Santa Fe alcanzó solo 21,5 qq/ha, valores muy inferiores a los habituales.
La excepción fue la provincia de Buenos Aires, donde las lluvias acompañaron mejor al cultivo y permitieron obtener un rendimiento récord cercano a los 40 quintales por hectárea (39,5 qq/ha). Esa excelente producción bonaerense logró compensar parcialmente las pérdidas registradas en el resto de la región, permitiendo que la cosecha nacional alcanzara aproximadamente 17 millones de toneladas.
Cuando la sequía afecta a toda la Región Pampeana
La Guía Estratégica para el Agro (GEA) de la Bolsa de Comercio de Rosario advirtió que las peores campañas son aquellas en las que la escasez de agua golpea simultáneamente a todas las principales zonas agrícolas del país.
Como señala uno de sus informes:
«En las malas campañas suele irle mal a Buenos Aires y bien al resto de la Región Pampeana, o al revés, como ocurrió en 2020. Pero cuando la falta de agua golpea tanto a una como a otra se trata de sequías con mayúsculas y de alto impacto en los números nacionales».
Este tipo de eventos genera una fuerte caída de la producción nacional, ya que desaparece el efecto compensador que normalmente ofrecen las distintas regiones agrícolas.
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Un otoño extremadamente seco
La escasez de precipitaciones también quedó en evidencia durante el otoño de 2022. Según explicó el Dr. José Luis Aiello, las lluvias registradas durante el episodio del 28 de junio fueron muy limitadas.
Los acumulados apenas superaron los 10 milímetros y beneficiaron de manera muy puntual al centro de Santa Fe y Entre Ríos, mientras que La Pampa y Buenos Aires prácticamente no recibieron precipitaciones, profundizando el déficit hídrico.
Los valores acumulados durante la estación quedaron muy lejos de las medias históricas:
- Santa Fe registraba un déficit de entre 100 y 150 milímetros.
- Córdoba acumulaba una falta de lluvias de entre 75 y 125 milímetros.
- En el 37 % del noreste bonaerense, el otoño todavía adeudaba entre 100 y 150 milímetros para alcanzar los valores normales de la estación.
La falta de lluvias durante el otoño resulta especialmente preocupante porque esta estación cumple un papel fundamental en la recarga de humedad de los suelos antes de la campaña agrícola. Como consecuencia, cerca del 50 % de la Región Pampeana presentaba reservas de agua edáfica calificadas como «secas» o «muy secas», representadas en los mapas con colores naranja y rojo.
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Registros históricos de escasez de lluvias
Las estadísticas de distintas localidades muestran la excepcional magnitud de la sequía.
En Junín (Buenos Aires), el otoño de 2022 fue el más seco desde 1963. Entre el 21 de marzo y el 21 de junio apenas se registraron 79 milímetros, cuando el promedio histórico alcanza los 232 milímetros, lo que representa un déficit cercano a 186 milímetros.
En Río Cuarto (Córdoba), el período fue el otoño más seco desde 1961, con solamente 28 milímetros acumulados.
La situación fue aún más extrema en la ciudad de Córdoba, donde apenas cayeron 12 milímetros, convirtiéndose en el otoño más seco desde el inicio de los registros meteorológicos en 1986.
En Rosario, el acumulado alcanzó 126 milímetros, muy por debajo del promedio histórico de 234 milímetros, mientras que en Rafaela se registraron 95 milímetros, frente a una media estacional de 205 milímetros.
En Las Flores (Buenos Aires) también se observó un marcado déficit, con 121 milímetros, prácticamente la mitad del promedio histórico de 236 milímetros.
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Un fenómeno con consecuencias económicas y productivas
Las sequías prolongadas representan uno de los mayores desafíos para el agro argentino. La combinación de precipitaciones escasas, temperaturas elevadas y la persistencia de eventos climáticos como La Niña provoca una disminución de las reservas de agua en el suelo, reduce los rendimientos de los cultivos, afecta la ganadería y genera importantes pérdidas económicas para toda la cadena agroindustrial.
Además, cuando el déficit hídrico se extiende simultáneamente sobre las principales provincias productoras, el impacto deja de ser regional para transformarse en un problema de alcance nacional, condicionando tanto la producción de granos como las exportaciones y el ingreso de divisas para el país.




