A pesar de los planes lanzados por el gobierno chino para reducir el uso de harina de soja, distintos estudios indican que la dependencia estructural de la oleaginosa importada se mantiene prácticamente intacta, con fuertes discrepancias entre las estadísticas oficiales y las estimaciones internacionales.
Durante los últimos años, China impulsó programas específicos para bajar el consumo de harina de soja en la alimentación animal, incluyendo sustitutos proteicos y el uso de aminoácidos esenciales. Sin embargo, los resultados reales de estas políticas habrían sido muy limitados, según un análisis realizado por investigadores de la Universidad de Illinois en base a datos oficiales chinos, estimaciones del USDA y fuentes privadas.
El estudio revela una marcada divergencia entre las cifras publicadas por China y las estimaciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Mientras que las estadísticas chinas muestran una caída sostenida en el consumo de harina de soja desde 2021, los datos del USDA indican que el uso siguió aumentando o, al menos, se mantuvo estable durante ese mismo período.
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Esta diferencia se refleja con claridad en las tasas de inclusión de harina de soja en las raciones forrajeras. Según los datos oficiales chinos, la participación habría bajado hasta cerca del 13%, pero las estimaciones basadas en comercio exterior y fuentes privadas la ubican en torno al 16%, sin una reducción significativa, lo que refuerza la idea de una dependencia persistente.
Los investigadores advierten que las estadísticas oficiales chinas tienden a sobrestimar el éxito de las políticas de sustitución, mientras que los datos del USDA resultan más consistentes al estar conciliados con producción, consumo y comercio global. La falta de información pública sobre inventarios en China debilita aún más la confiabilidad de los números oficiales, dejando en evidencia que, más allá del discurso, la soja importada sigue siendo un pilar clave del sistema agroindustrial chino.




