El suelo puede perder hasta 70% de su capacidad para absorber agua: alerta del INTA

Observar directamente la estructura, la distribución de los poros, el desarrollo de las raíces y la forma en que el agua ingresa al perfil puede revelar restricciones que determinados análisis de laboratorio no logran detectar por sí solos.

Especialistas del INTA volvieron a poner el foco sobre una limitante física del suelo que puede afectar seriamente la productividad agrícola sin ser detectada por los análisis convencionales. Se trata de la denominada estructura laminar, un fenómeno que aparece con frecuencia en sistemas bajo siembra directa y que puede alterar de manera significativa el funcionamiento del perfil.

La advertencia adquiere especial relevancia porque esta condición dificulta el crecimiento y desarrollo de las raíces, restringe el movimiento del agua y puede reducir el potencial de rendimiento de los cultivos. En consecuencia, el problema no solo tiene implicancias agronómicas, sino que también puede traducirse en menores resultados económicos para los productores y una pérdida de sustentabilidad de los sistemas agrícolas.

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Un problema que puede permanecer oculto

La salud física del suelo se convirtió en uno de los pilares para sostener la productividad y competitividad de la agricultura argentina. Sin embargo, conocer su verdadero estado requiere mucho más que observar un único indicador.

Carolina Sasal, especialista en recursos naturales y gestión ambiental del INTA, explicó que ninguna medición aislada permite evaluar de manera completa la condición física del perfil. Por eso, la combinación de diferentes parámetros con herramientas de diagnóstico visual resulta fundamental para identificar restricciones que pueden permanecer ocultas en los análisis tradicionales.

Entre los indicadores habitualmente utilizados se encuentran la densidad aparente, la resistencia a la penetración, la estabilidad de los agregados, la capacidad de retención de agua y la infiltración. Sin embargo, cada uno de ellos presenta determinadas limitaciones y, analizados individualmente, pueden ofrecer una visión incompleta de lo que realmente ocurre dentro del suelo.

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La estructura laminar aparece entre los 2 y 12 centímetros

Uno de los principales problemas identificados en suelos manejados bajo siembra directa es la formación de una estructura laminar en los primeros centímetros del perfil, aproximadamente entre los 2 y 12 centímetros de profundidad.

Esta configuración modifica la distribución de los poros y puede generar una especie de barrera física que limita la circulación del agua hacia capas más profundas y dificulta el crecimiento de las raíces.

El problema es particularmente importante porque no necesariamente se manifiesta a través de valores elevados de densidad aparente. Es decir, un suelo puede no presentar parámetros que indiquen una compactación severa y, sin embargo, tener una estructura interna capaz de restringir significativamente su funcionamiento.

Un fenómeno que puede desarrollarse con el tiempo

Las investigaciones realizadas durante cinco años aportaron una señal de alerta. La estructura laminar pasó de no estar presente a ocupar cerca del 50% del horizonte superficial, mostrando que se trata de una condición que puede desarrollarse progresivamente bajo determinadas condiciones de manejo.

Los ensayos de laboratorio también permitieron identificar uno de los mecanismos que favorecen su aparición: los sucesivos ciclos de humedad y sequía pueden contribuir a la formación de esta estructura, especialmente cuando el suelo ya presenta antecedentes de compactación.

Esto significa que la degradación física del suelo puede avanzar de manera silenciosa, generando modificaciones en la estructura y en la distribución de los poros antes de que los problemas sean evidentes a simple vista o queden claramente reflejados en los análisis convencionales.

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El diagnóstico visual gana importancia

Frente a este escenario, el diagnóstico visual aparece como una herramienta complementaria de gran utilidad. Observar directamente la estructura, la distribución de los poros, el desarrollo de las raíces y la forma en que el agua ingresa al perfil puede revelar restricciones que determinados análisis de laboratorio no logran detectar por sí solos.

La advertencia del INTA pone así nuevamente en primer plano la necesidad de evaluar el suelo como un sistema integrado, donde estructura, porosidad, agua, raíces y manejo interactúan permanentemente.

Para una agricultura que busca sostener altos niveles de productividad durante el tiempo, preservar la estructura del suelo no es solamente una cuestión de conservación: es una condición fundamental para aprovechar mejor el agua, favorecer el desarrollo de los cultivos y sostener el rendimiento y la rentabilidad.

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