El desafío de las próximas tres décadas no será solamente producir más, sino producir de manera que el suelo conserve su capacidad productiva. La apuesta es construir una agricultura que, en lugar de luchar contra los procesos naturales, aprenda a trabajar con ellos para sostener la productividad y la rentabilidad en el tiempo.
A tres décadas de la consolidación de la siembra directa, la agricultura argentina enfrenta un nuevo desafío: cómo sostener la productividad durante las próximas generaciones sin deteriorar el suelo.
La experiencia acumulada por el INTA en investigación sobre suelos, rotaciones y sistemas productivos, junto con los aportes del especialista estadounidense Dwayne Beck, plantea una posible respuesta: avanzar hacia una agricultura que utilice de manera más eficiente el agua, los nutrientes y la biología del suelo.
Durante una jornada técnica sobre el futuro de los sistemas productivos, Beck —profesor emérito de la Universidad Estatal de Dakota del Sur y referente del Dakota Lakes Research Farm— analizó junto con Nicolás Bronzovich, presidente del INTA, la evolución de la siembra directa y los desafíos que enfrenta el sector.
Para el especialista, la próxima etapa no debería centrarse únicamente en incorporar nuevas tecnologías, sino en diseñar sistemas productivos que aprovechen los procesos naturales de los ecosistemas.
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Más allá de la siembra directa
La siembra directa significó un cambio fundamental al reducir la remoción del suelo y contribuir a conservar su estructura. Sin embargo, Beck considera que el próximo paso es dejar de pensar en prácticas aisladas y comenzar a gestionar el sistema productivo como un conjunto.
Su experiencia en Dakota Lakes demuestra el potencial de combinar rotaciones diversificadas, cultivos de cobertura y raíces activas durante una mayor parte del año. Allí se incorporaron cultivos como trigo, maíz, sorgo, girasol, canola y distintas legumbres, con el objetivo de recuperar algunas funciones de los ecosistemas naturales.
La diversificación permitió mejorar la infiltración y el almacenamiento del agua, reducir el barbecho y fortalecer la actividad biológica del suelo.
Agua, nutrientes y biología: las claves
Según Beck, una agricultura sustentable debe prestar especial atención a cuatro procesos: agua, energía solar, nutrientes y biología.
Un suelo cubierto y con raíces activas puede capturar mejor las precipitaciones, reducir el escurrimiento y la evaporación y aumentar su capacidad para almacenar agua. Al mismo tiempo, la fotosíntesis incorpora energía al sistema y las plantas contribuyen a generar materia orgánica.
El balance de nutrientes también resulta fundamental. Cada cosecha extrae nutrientes del suelo, por lo que es necesario desarrollar estrategias para compensar esas pérdidas y evitar un deterioro progresivo de la fertilidad.
La biología completa el sistema: una mayor diversidad de organismos favorece la estabilidad, la fertilidad y la resiliencia del suelo.

Más diversidad, menos dependencia
Desde esta perspectiva, malezas, enfermedades, plagas y problemas de compactación no deberían abordarse solamente como problemas aislados. Beck propone analizar las causas dentro del sistema productivo.
La diversificación de cultivos y el fortalecimiento de la actividad biológica pueden ayudar a disminuir la dependencia de intervenciones externas y generar sistemas más equilibrados.
El mismo criterio se aplica a la compactación. Para el especialista, utilizar labranza cada vez que aparece un problema puede significar atacar el síntoma sin resolver la causa. La alternativa es diseñar sistemas que reduzcan las condiciones que favorecen la degradación.
El suelo como patrimonio productivo
La comparación entre las antiguas praderas de Dakota del Sur y la región pampeana argentina resulta especialmente significativa. Ambas regiones poseen suelos de enorme potencial productivo, pero también enfrentan el desafío de conservarlos a largo plazo.
Por eso, el futuro de la agricultura no depende únicamente de producir más, sino de mantener la capacidad del suelo para seguir produciendo dentro de 30 años.
En ese camino, también cobra importancia una mayor integración entre agricultura y ganadería. La transformación local de los granos puede contribuir a reciclar nutrientes dentro del sistema productivo, reduciendo parte de las pérdidas asociadas a la exportación.
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Una nueva mirada para las próximas décadas
El gran cambio de paradigma consiste en pasar de preguntarse únicamente qué tecnología utilizar para resolver un problema a analizar cómo funciona todo el sistema productivo.
Mantener el suelo cubierto, aumentar la diversidad, favorecer las raíces, proteger la materia orgánica, aprovechar mejor el agua y equilibrar la extracción y reposición de nutrientes aparecen como algunas de las claves para una agricultura de largo plazo.
El desafío de las próximas tres décadas no será solamente producir más, sino producir de manera que el suelo conserve su capacidad productiva. La apuesta es construir una agricultura que, en lugar de luchar contra los procesos naturales, aprenda a trabajar con ellos para sostener la productividad y la rentabilidad en el tiempo.




